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Imagen de la semana 8 de Mayo de 2009

© Proyecto Humboldt. Cedido para su digitalización por el Jardín de Aclimatación de La Orotava

Columba laurivora Nob.

Fuente bibliográfica: "Histoire naturelle des îles Canaries II, 2. Zoologie." (Barker Webb, Phillip, 1844)

Karl Heineken fue el primer naturalista que dio cuenta de esta especie y que la describió de manera científica. Conservó su denominación vulgar de torcaz, sin imponerle nombre latino alguno. Eso ocurría en 1829. Quince años después Sabino Berthelot explicaría en su Zoologie (1844) que aquella denominación dada por Heineken le resultaba demasiado vaga, por lo que era preferible adoptar el epíteto latino de laurivora para hacer referencia explícita al hábitat característico del ave.
En la época en que se publicó esta imagen, las dos especies de palomas endémicas de Canarias, la turqué (Columba bollii) y la rabiche (Columba junoniae), aún no habían sido diferenciadas y se las describía como una sola especie bajo el nombre único de Columba laurivora. Sin duda, por los colores utilizados, la imagen representa una paloma rabiche y no una turqué. Berthelot puntualizó que el dibujante, tomando como modelo algunos ejemplares disecados, no le dio al pico su color natural, que habría debido pintarlo rojo con la punta negra, y que, también por error, le dio un tinte rojo al iris, cuando debía ser de color paja.
La paloma rabiche está hoy en peligro de extinción y sólo habita en áreas muy concretas de laurisilva de Tenerife, La Palma y La Gomera. Algunos biólogos piensan que su costumbre de enterrar los huevos en el suelo, a merced de las ratas del monte, ha hecho mermar considerablemente su población. Lo cierto es que ya Berthelot advertía en 1844 lo difícil que resultaba por entonces avistar una de estas palomas y pensaba que la caza a la que habían sido sometidas en las últimas décadas las había vuelto más esquivas y sólo ocasionalmente se las podía ver en la cima de los grandes árboles. A menudo oía su zureo sin poderlas distinguir entre el espeso follaje, al que se habían acostumbrado para mantenerse ocultas, hasta tal punto que, según cuenta el propio Berthelot, los cazadores hacía ya tiempo habían desistido del intento de dispararles en vuelo y esperaban a verlas posadas en los abrevaderos para cazarlas.

Texto: Masu Rodríguez