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Imagen de la semana Nov. 20, 2009

© Proyecto Humboldt. Cedido para su digitalización por el Jardín de Aclimatación de La Orotava

La Matanza, en el camino de Santa Cruz a La Orotava

Fuente bibliográfica: "Histoire naturelle des îles Canaries I, 2. Les Miscellanées Canariennes. Planches." (Barker Webb, Phillip, 1839)

J.J. Williams realizó este grabado en los años 30 del siglo XIX. Retrata uno de aquellos caminos reales que comunicaban los pueblos de Tenerife con la capital, Santa Cruz, mucho antes de que las fincas, el desarrollo urbanístico y, principalmente, el asfaltado se incrustaran en el paisaje y los hicieran desaparecer. René Verneau dijo que eran "horrorosos senderos, decorados con el nombre, algo pretencioso, de caminos reales". En efecto, eran vías tortuosas, irregulares y escarpardas en muchos tramos por la propia orografía del terreno. Con frecuencia quedaban impracticables y anegadas con las lluvias y su mantenimiento dependía de las posibilidades de los vecinos.

La Matanza está situada a más de 500 metros sobre el nivel del mar, en el punto medio entre Santa Cruz y La Orotava, destino –este último- de tantos viajeros a lo largo del XIX. Era el lugar donde se hacía parada y los carruajes en ruta cambiaban los caballos. Sin duda era el camino más frecuentado de toda la isla. Según cuenta Olivia Stone en su libro de 1887: “Tras desembarcar en Santa Cruz, si el visitante dispone de un día libre viaja hasta La Matanza. Si dispone de dos, continúa el viaje hasta La Orotava, pernoctando allí; y si dispone de cuatro y se encuentra con fuerzas y el tiempo es favorable, probablemente subirá al Pico, llegue o no a la cima”.

Ciertamente el nombre de La Matanza, lo mismo que el su pueblo vecino -La Victoria- son ambos nombres de la guerra. En la primera (1494) vencieron con rotundidad los guanches, quienes esperaron pacientemente a que el ejército castellano siguiera camino hasta verse obligado a atravesar el fondo del barranco de Acentejo, justo donde hoy se ubica el camino de Santo Domingo. En ese momento salieron de entre la vegetación y de los riscos y, llamando con silbos al ganado expoliado por los castellanos con la intención de crear mayor confusión e impedir el fácil movimiento de los soldados, apedrearon y apalearon a la sorprendida tropa enemiga. Seis meses después, los castellanos no perdonaron y midieron su victoria con 6000 guanches masacrados y la culminación de las guerras de conquista, pues Tenerife era la única isla que por entonces quedaba por someter al mando castellano.

Texto: Masu Rodríguez